Depresión crónica

Hace mucho tiempo, en una ciudad preciosa junto al mar, había una niña que aun naciendo querida, cuidada, mimada….. se sentía no siempre pero sí algunas veces muy desgraciada. La primera hija de un matrimonio joven, con muchos problemas económicos , que tuvieron que vivir algún tiempo en casa de la madre de ella, pero en la época de la que estoy hablando , esto era lo más normal, no generaba ninguna clase de complejo.

Esa niña, preciosa, la primera hija, la primera nieta, la primera sobrina, incluso, la primera bisnieta. Era muy llorona, a veces lloraba por nada, sin motivo, sin saber por que.

Se fue haciendo mayor y levantó un muro en el que nadie podía mirar dentro, indestructible, inalcanzable. Sin embargo, parecía una chica feliz, fuerte, con muchas amigas, alegre, bromista. Era una de esas personas que se notaba cuando estaba en una reunión, transmitía fuerza y seguridad. Lo que nadie podía imaginarse que cuando llegaba a su cuarto, cuando nadie la veía, era la persona más desgraciada del mundo.

Muchos amigos eran los que acudían a ella para compartir sus miedos, sus problemas, incluso aquellos que eran mucho mayores, iban solo para “hablar” por que siempre tenia respuestas y al final, el interlocutor marchaba con la sensación de que “su” problema no era tanto, si a fin de cuentas “todo tiene solución en esta vida” . Y luego siempre había unas risas una broma, un chiste gracioso.

Pero cuando estaba sola, todo se derrumbaba, ¿quien la sostenía a ella? ¿quien ponía su hombro para que ella pudiera desahogarse y contar sus problemas?. Pero “¿yo tengo problemas?”, no, no tengo. No como Mayte, que su padre le pega palizas y la castiga sin salir, sin darle motivos, “por que soy tu padre” le decía, y eso era toda la explicación que le daba. O Amor, que ya tenia dieciocho años y aún no había tenido la regla. Josefina, que se hizo de una de estas religiones de los últimos tiempos, más que nada por la muerte de su madre a causa de una cirrosis, (cuando todo el mundo pensaba que era una enfermedad de alcohólicos) que para ella fue un gran trauma que nunca supero. Y así podría seguir nombrando una larga lista de amigos o simplemente conocidos que luchaban con problemas reales todos los días. Lo mio era en realidad un fantasma, algo que ni siquiera yo podía explicar, sencillamente porque no lo entendía, no sabia lo que me pasaba para sentirme así.

El dolor de los demás, lo siento como mio propio. No puedo evitarlo. El sufrimiento ajeno, me hace sufrir, como si realmente fuera mio.

Empatia

La capacidad de ponerse en la piel de otro. Nunca he podido soportar la idea de hacer daño por placer. No entiendo como algunas personas pueden sentirse bien después de infringir daño a otro ser humano. Someter por la fuerza a otra persona, torturar, maltratar, son palabras que por si solas duelen.

Somos el único animal sobre la tierra que causa dolor a sus semejantes por placer.

La soledad

Se que es difícil convivir conmigo, por eso he elegido vivir sola, con todas sus consecuencias. aunque en su momento tuve que tomar decisiones que nadie entendió, yo sigo afirmando a día de hoy, que lo hice por amor. Amor a mi hija y el que era en ese momento mi marido.Lo dije, lo digo y lo diré, por que es mi verdad.

Estaba tan cansada de llevar ese peso sobre mí.

Y estoy hablando de sentimientos, los míos, tal vez suene egoísta, el egoísmo me hubiera llevado a tomar la decisión mucho antes. Alejarme de aquellos a los que más quería fue lo más difícil que tuve que hacer en mi vida, pero necesario para todos.

Llevaba muchos años arrastrando mi depresión, ahora estoy convencida, desde la perspectiva del tiempo, que es una enfermedad que he arrastrado toda mi vida. Solo se fue agravando por las circunstancias que surgían y que me afectaban de manera “superlativa”.

Meses antes de mi marcha, el médico me había dado la baja por depresión. Me encontraba cansada, muy cansada, no tenia energía para levantarme de la cama, me sentía tan enferma y tan asustada por no poder explicar lo que me estaba pasando. Y como hacerlo si “ni yo misma” sabia que era.

No tenia ganas de vivir, de hecho me sentía muerta ya. Como si mi alma me hubiera abandonado. Y sobre todo me sentía sola, no era una soledad física, algo dentro, como si en tu cabeza existiera un agujero negro.

Mi hija y mi madre fueron el motivo por los que en ese momento no me quite la vida. De todas formas, ya estaba muerta. Pero como iba a hacerles pasar por ese trance. Aunque también pensaba entonces que era solo una excusa porque no era lo suficientemente valiente para hacerlo.

He tenido muchos, muchos momentos de estos, pero siempre tengo a alguien, mi madre, mi hermana, mis amigas, que ya conocen mis ojos, que saben cuando tengo una crisis y estoy de bajón y me dicen “nos haces mucha falta” y esas cuatro palabras me dan un pequeño empujón para esforzarme a levantarme otra vez y seguir luchando compra ese monstruo que vive en mi azotea.